Silvia Pérez Cruz, la voz que quería volar

Indomable y directa al corazón, la sensibilidad de Silvia Pérez Cruz ha llegado al punto de ser incuestionable.

Y lo ha vuelto a hacer, una vez más.

El pasado 27 de agosto presentó el primer adelanto de su próximo disco, ‘Farsa (género imposible)’. Se titula ‘Todas las madres del mundo’ y es de esas canciones que te elevan a otro estado emocional. Que rozan sutilmente el alma y que, sin darte cuenta, te convierten en un ser un poco más volátil.

Silvia vuelve a demostrar su capacidad para transportarnos al lugar que quiere, enseñárnoslo y hacernos sentir parte de él a través de su voz.

Tal y como nos tiene acostumbrados, la canción se nutre del poemario de nuestra literatura popular. La letra del tema pertenece al poema ‘Guerra’ de Miguel Hernández, integrado en el ‘Cancionero y romancero de ausencias’. No es su primer contacto con el poeta oriolano. En su disco ‘Granada’ ya interpretó, con una delicadeza exquisita y acompañada por Raül Fernández Miró, ‘Compañero’, la célebre elegía a Ramón Sijé.

La canción constituye un indudable homenaje a las madres, y en especial a la suya, a la que públicamente a catalogado como fuente de inspiración. Y no es para menos. Una de las canciones más notables de su repertorio, ‘Vestida de nit’, está escrita y compuesta por ambos progenitores de la cantante catalana. Leí en una entrevista suya que, para ella, <su padre era el mar y su madre el campo y los bosques>. Y yo me tomo la licencia de afirmar, que ella, de alguna forma, es la confluencia de ambos.

Y este legado familiar se refleja durante los 5’51’’ de canción. El mar tiene sed y tiene sed de ser agua la tierra.  

Con su voz, Silvia nos transporta hacia el viaje de la vida que comienza con el vínculo indisoluble con la madre. Recorre la fragilidad y fortaleza de esta durante el embarazo, sus miedos, la llegada al mundo del recién nacido y el transcurso de la vida que concluye con la muerte.

Su obra me inspira. Dar voz y revivir con música poemas de autores como Lorca (en Pequeño Vals Vienés) o Pere IV (en Corrandes d’exili), además de versionar canciones de tan variados cantautores como Lluís Llach (en Abril 74) o Chico Sánchez Ferlosio (en Gallo rojo, gallo negro), es volver poner en valor nuestra historia, nuestra cultura. Es unir de la mano música y literatura y jugar con ambas.

Siempre he pensado que eso es lo que hace Silvia Pérez Cruz, jugar a su antojo con las melodías y las palabras, como si de una niña pequeña sentada frente a un piano se tratase.

Verla en directo, es una experiencia trascendental, mágica. Agilidad vocal, versatilidad y una visceralidad que recompone y destruye a partes iguales, acompañada de una delicadeza y de un gusto musical exquisito.

Quienes hayan tenido la suerte de verla en sus últimos conciertos junto al pianista Marco Mezquida en Barcelona, Portugal o Mallorca entre otros, podrán dar fe.

Estoy ansioso por poder disfrutar del nuevo trabajo de la catalana en su totalidad. Pruebas no me faltan de que será de esos discos que sean la banda sonora de mis tardes de domingo de lluvia. Y es que la nostalgia y la melancolía, acompañadas por Silvia Pérez Cruz, saben mejor.

Escuchar “Todas las madres del mundo”

Letra de la canción:

Todas las madres del mundo,

ocultan el vientre, tiemblan,

y quisieran retirarse,

a virginidades ciegas,

el origen solitario

y el pasado sin herencia.

Pálida, sobrecogida

la fecundidad se queda.

El mar tiene sed y tiene

sed de ser agua la tierra.

La sangre enarbola el cuerpo,

precipita la cabeza

y busca un hueco, una herida

por donde lanzarse afuera.

 

La sangre recorre el mundo

enjaulada, insatisfecha.

Las flores se desvanecen

 devoradas por la hierba.

El corazón se revuelve,

se atorbellina, revienta.

Arroja contra los ojos

 súbitas espumas negras.

 Ansias de matar invaden

el fondo de la azucena.

Acoplarse con metales

todos los cuerpos anhelan:

desposarse, poseerse

de una terrible manera.

El mar tiene sed y tiene

sed de ser agua la tierra.

Después, el silencio, mudo

de algodón, blanco de vendas,

 cárdeno de cirugía,

mutilado de tristeza.

El silencio. Y el laurel

en un rincón de osamentas.

Y un tambor enamorado,

como un vientre tenso, suena

detrás del innumerable

muerto que jamás se aleja.